Una tarde estabas, en tu apartamento, trabajando en la segunda parte de La invención de la soledad en tu estudio sin ventanas, cuando desde la calle se elevó un fuerte clamor de voces. Bajaste a ver lo que pasaba, y había una gran cantidad de inquilinos de toda la manzana, grupos de hombres y mujeres se congregaban frente a sus casas, veinte agitadas conversaciones se desarrollaban a la vez, y allí estaba tu casero, el corpulento Jonh Caramello, parado en la escalera de entrada del edificio donde ambos vivíais, observando la conmoción con toda tranquilidad. Le preguntaste qué ocurría y te dijo que un hombre que acababa de salir de la cárcel se había dedicado a forzar la puerta de diversas casas y apartamentos vacíos del barrio para robar cosas -joyas, cubiertos de plata, cualquier objeto de valor al que pudiera echar mano-, pero lo habían cogido antes de que lograra escapar. entonces fue cuando hiciste la pregunta, pronunciando las desatinadas palabras que demostraban tu absoluta necedad y el hecho de que seguías sin entender nada del pequeño mundo en que por casualidad estabas viviendo. "¿Habéis llamado a la policía?" John sonrió. "Por supuesto que no -contestó-. Los chocos lo han molido a palos, le han roto las piernas con bates de béisbol y lo han metido en un taxi. Jamás se le ocurrirá volver al barrio; si es que quiere seguir respirando."
Paul Auster, Diario de invierno.





